Uno no se convierte en napolitano, napolitano se nace, aunque suele descubrirse con el paso del tiempo (o la visita al primer cardiólogo).
Un buen napolitano ama comer, lo disfruta tanto como una cerveza o un partido de fútbol.
Un Napolitano nunca deja de serlo por más que intente converse de lo contrario (o lo intenten convencer los médicos con frases tales como “si seguís comiendo así vas a terminar muerto envuelto en una bandeja descartable” o “tenes más aceite en las venas que glóbulos blancos, si pudiera ponerte una papá en el corazón de seguro saldría frita” o el típico “si se pudiera vender el colesterol con el tuyo pagaríamos la deuda externa).
Los napolitanos nos organizamos para difundir esta filosofía de vida, para compartir con el mundo nuestros sentimientos (gastronómicos) y para dejar nuestra huella marcada (en el asfalto por nuestro peso).